Una tarde del verano pasado, como todas las tardes de todos
los domingos de verano desde hace muchos años, subí al tren en Plaça
Catalunya y me acerqué a la playa nudista de Sant Pol. Busqué mi lugar de
siempre, donde ya estaban los mismos vecinos de siempre. Extendí la toalla como
siempre y, como siempre, fui a darme un chapuzón en un mar que estaba tan
tranquilo como siempre. Como siempre, me adentré en el mar y desde allí, como
siempre, di un vistazo a toda la playa. En ese momento reparé que en la zona de
rocas, a la que tan solo se puede acceder desde el mar, ...
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