Aquella era, sin duda, otra noche perdida. Una cena más con mis amigos había
acabado demasiado pronto. Remontaba sin prisa las calles del Eixample de
Barcelona. Era un paseo agradable en una noche de primavera. Al cruzar la
Diagonal, el tumulto de los asiduos a las salas de fiestas de la calle Aribau me
desvió por una pequeña calle hacia Tuset. En el camino las luces de neón de
una pequeña discoteca me llamaron la atención, decidí tomar una copa y
escuchar algo de música antes de continuar mi paseo. El conserje me cobró un
precio ridículo que incluía una consumició...
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