La carita de ella mientras mordisqueaba la pizza en aquel restaurante italiano lo decía todo. Era esa expresión de curiosidad, de querer preguntar algo pero no hacerlo, de inquietud morbosa. Sus ojos marrones, tan expresivos como siempre, chispeaban.
Pero yo no se lo pensaba poner fácil. Por mi cabeza seguían pasando las palabras que ella había escrito en el msn unos días antes: "Quiero ser tu esclava sexual 24 horas". Acepté sin decir nada más. ¿Quién podría haberse negado ante semejante proposición? Desde ese momento ninguno de los dos hici...
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