Esa obra en construcción que no terminaba nunca, frente a mi
casa, me estaba sacando de las casillas, el ruido que hacían desde el amanecer
hasta altas horas de la noche no me dejaba dormir, el polvo de la demolición
entraba por cualquier hendija de mis persianas, era como estar en medio de una
zona de guerra.
Lo que más me molestaba era que no podía dejar las cortinas
de mi cuarto abiertas porque cada dos segundos tenía veinte pares de ojos, de
todos y cada uno de los obreros, mirándome. Al principio abría la ventana solo
para ver si llovía o no, lo mín...
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