Recibí tras picar mucho a su puerta la invitación de pertenecer a la extraña Orden Teutónica de San Cojonancio, cuestión que me hacía mucha ilusión aunque me habían hablado de una serie de rituales de iniciación que me dejaban el cuerpo un tanto así.
Había oído hablar de los mistéricos ritos de iniciación templaria, de los ósculos negros, etc, y la verdad es que no las tenía todas conmigo y más cuando algunos amigos íntimos sabedores de tal decisión empezaron con las bromitas de si me gustaba el café con mucha leche, si los panes churruscados me gustaban etc.
Otros amigos y a...
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