Esta vez era evidente donde las llevaba. Aparcó el coche ante un rótulo de
"..billares".., que presidía una puerta de entrada, amenazadoramente
abierta. Mónica fijó la mirada en las escaleras que bajaban hacía un sótano,
como si fuesen en realidad el descenso de un nuevo nivel de círculos concéntricos
dantescos. Se preguntaba cuando llegaría el final y si, al terminar, sería
capaz, como el protagonista de la obra, de ascenderlos nuevamente. Y se
preguntaba si, de hecho, importaba lo más mínimo. Viendo a Ester, tan serena,
no le parecía mal futuro... Decidió...
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