Con Mónica nos encamábamos los días jueves. Por lo general comenzaba a
desearla el martes por la noche, pero a partir del singular encuentro referido
en el capítulo anterior, no tan solo la añoré cada noche subsiguiente, sino
también muchas veces en horario diurno.
Había prometido no llamarla excepto en el día y la hora convenidos, mucho
menos ir a buscarla sin haberme sido indicado. Tuve que recurrir a la obstinación
del orgullo para evitar violar el pacto.
El jueves siguiente me desperté temprano, el día se me antojó
interminable, a cada recuer...
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