Al salir del seminario de formación, ya tenía en claro que mi ordenación había sido un brutal error. El desencanto surgió durante los primeros dos años de estudio. Un estricto cerrojo de vigilancia se había instalado alrededor de los aspirantes para impedir que saliéramos de noche en busca de mujeres, y nos obligaba a silenciosos ejercicios manuales todas las noches entre las sábanas. Al finalizar mis estudios me habían asignado a un retiro en el Convento de las Hermanas del Huerto.
La sola idea de estar cerca de mujeres me había levantado el ánimo considerablemente. Cuando salí a las calle...
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