Los modales de Ivonne se iban refinando, pero su aspecto seguía
estancado en sus orígenes nativos. Decidí tomar medidas y me la llevé conmigo
a la ciudad. Ivonne estaba maravillada por el aspecto urbano, por las tiendas,
por el ruido de los coches. Tuve que acudir a una peluquera que trabajaba en su
domicilio, pues no creo que las peluquerías de la ciudad quisieran peinar a mi
criada. Al volver, cogí las manos de Ivonne y le pinté las uñas de un color
rojo llamativo, lo mismo que sus pies, de los que habían empezado a
desaparecer, al igual que de las manos, las dur...
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