Hacía ya unos días que venía resistiéndome a mis instintos, pero por más que me esforzaba, estaba necesitando una buena encamada…
Esa tarde llegué súper tenso, y como siempre Juan me recibió con sus acostumbrados saltitos y frases armoniosas.
Como siempre me sirvió un té, y mientras yo lo voy tomando, él va sacándome la camisa y masajeándome el cuello y la espalda.
Casi sin demora comienzan sus besos en mis orejas, y mi cuello, hasta que suavemente me comienza a estimular las tetillas, ahí ya no puedo pensar y me dedico a sentir, en ese momento recordé algo que había leído en un l...
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