Que tarde destemplada. Lluvia intermitente y cielo gris.
Caminaba por Santa Fé sin ganas de hacer nada, es decir, de hacer nada
aburrido. Pasé por el frente de la confitería y detrás del vidrio lo vi
sentado a una mesa junto a la ventana.
Morocho, bigotes bien arreglados, saco y camisa sin corbata. Hombros
anchos y nada más porque estaba sentado, pero sus ojos me siguieron y se posaron
unos segundos en los míos.
Entré al lugar y lo volví a mirar. Una sonrisa se dibujó en su cara, sabía
que había pegado en mí y parecía disfrutarlo.
Pedí un café y estuvimos...
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