Hacerlo con Mónica siempre era una delicia. A media tarde, con algo de sol entrando por la persiana de tal manera que pudieran verse los cuerpos retorciéndose en el orgasmo. La piel suave, y hasta perfumada de sus senos erectos moviéndose con cada envión. Sus caderas sinuosas, expertas en contoneos. Su cabellera desparramada por el colchón. Su sexo abierto, siempre dispuesto y jugoso. Mario no aguantó más. Las contracciones en la vagina lo arrojaron a un éxtasis intenso que no pudo contener. Ella gritó con el último envión, y él la martilleó con tres, cuatro, cinco chorros de semen.
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